martes, 4 de febrero de 2014

Desprenderse del atracón II

La herencia del atracón

Seguimos a toda máquina, me gustaría que pensemos un poco sobre las herencias históricas en nuestras mesas. Por ejemplo en mi caso tengo a mis abuelos maternos que son gallegos, unos tiernos y unos geniales para muchísimas cosas. Las circunstancias de la vida capitalista hicieron que mi madre se tuviera que conseguir al menos dos trabajos para poder mantener la casa, y con el rol desdibujado de mi padre en cuanto a la administración y economía del hogar surgió la necesidad de que mi abuela nos cuidara.
Entonces como podemos describir los hábitos alimenticios de dos personas que habían escapado de la hambruna en la cruel España franquista, no fueron los más ortodoxos y respondían a los estudios nutricionales de época. Me crie en la sobreabundancia de comida, tanto de opciones saludables como de otras que no lo eran tanto.  Por sobre todas las cosas estaba la cuestión de comer bien como sinónimo de comer mucho. Si bien había más opciones que en mi casa, las opciones que me proporcionaban no tenían que ver con el cuidado del cuerpo sino con no pasar hambre. El cuidado del comer simplemente se limitaba a que haya para comer bien y esto significaba comer calórico y abundante.
A más de uno seguro le llamara la atención que en las fiestas en las casa de inmigrantes españoles, italianos, etc. Se come como si fuera el último día en la tierra. Por supuesto abundan en la semana del 20 de diciembre las propagandas que por un lado hablan de los riegos de ingestas excesivas y por el otro pasan los precios con aumentos, de cada año, de los productos a engullir.  Pero en la mesa navideña se juega esa cosa del exceso, la exuberancia con los platos atípicos en la cotidianeidad y una especie de libación.
Lo loco es que si bien regía y rige esta cosa por comer desmesuradamente en lo de mis abuelos, también está muy mal visto el sobre peso. Mi abuela es una defensora del ideal imposible pero a la vez ha llegado a obligar a que comamos en abundancia. Entonces en mi adolescencia cuando empecé una serie de dietas para bajar de peso, me costó muchísimo que mi abuela me ayudara a resignar su lógica del embuche.  La comida ya para ese entonces se transformo en una hoja de doble filo, por un lado era símbolo de festejo / recompensa y por el otro era signo de estigma social. Durante muchos años me dio vergüenza comer en público por mi condición física gorda e incluso en mi corta delgadez.
Dos mandatos se jugaron ahí uno la cuestión heredada de mi familia comer bien, llenarse, atracarse y por el otro el deber ser ese ideal corporal ajeno lánguido flaco hasta la muerte. En la contradicción el atracón adquirió una especie de fundamento metafísico, como mecanismo que cumplía junto al vomito los dos mandatos. Comía por deber a otros y vomitaba por deber a otros.  Años después hago esto escribo sobre lo que vomite que fue una angustia total por no comprender lo irracional de estos mandatos que a la vez se anidaban cultural y socialmente en todos los estratos de mi vida. Estar flaco implica para esta sociedad el acceso ilusorio a una suerte de derechos ganados por mantener la boca cerrada pero a la vez nunca dejar de consumir.
¿Qué futuro nos queda si solo podemos ser flacos?
No culpo a nadie, porque ser gordx es mi elección y significa aceptar el cuerpo que tengo. Sin embargo me parece absurdo obligar a un niño o un adolescente a que se “normalice” mediante dietas y demás a fin de estar dentro de lo normal y lejos de la gordura tan patológica como se nos la pinta. Especialmente que cuando no están dentro de la talla por así decirlo, se los invisibiliza y excluye. Ahora nadie reflexiona sobre las condiciones de vida familiar de estas personas. Condiciones donde quizás no tienen acceso a lo “saludable” porque es muchísimo más caro y para ciertas clases sociales. Tampoco tenemos programas  de educación alimentaria y de hábitos saludables. Pero como sociedad se exige una belleza inmaculada sin un gramo de grasa, una virilidad extrema que invisibiliza la violencia de género, un cuidado extremo de las mujeres que las hace una y otra vez objetivarse.
No solo se ha incrementado la persecución a los gordos mediante realitys y demás. Sino que se están por implementar lógicas aun peores de exclusión contra los gordos. Mientras tanto algunos soñamos porque se controle y amplié la ley de talles. Tengamos educación sobre los hábitos y no normalización sobre los cuerpos.


Pero por más invisible que se la haga, la grasa puede hablar y no solo habla de uno y su cuerpo sino que vocifera sobre una sociedad que excluye, castiga y denigra a aquellos que no elijen vestir un talle extra small.

lunes, 3 de febrero de 2014

Desprenderse del atracón


Desgraciadamente, con una mirada un poco ingenua, podemos dar cuenta de uno de los males que cultural y socialmente se sostiene tanto del Estado como la sociedad en general: “La del buen comer”. Me  parece que lo podemos abordar pensando tres ejes: las vacaciones o la cultura general del atracón, la herencia del atracón (como perspectiva historia de las formas de comer culturales que tenemos) y la conformación de identidades que remiten a un cuerpo biológico y que a la vez no lo hacen (la ambigüedad que nos obliga a adoptar el imperativo de la belleza perfecta y permanente que circula en todos los órdenes de la vida.
Hace unos días venía pensando que uno puede pensarse desde los hábitos alimenticios y su relación con el cuerpo. Con esto no estoy describiendo físicamente ningún cuerpo.
De la cultura general del atracón
Por ejemplo, desde hace un tiempo que vengo trabajando en la que llamare “mi lógica del atracón”. Este verano hice un esfuerzo para no irme al extremo de las malas conductas alimenticias. No comerme 15 churros, no clavarme un helado por día, etc. Se transformo en una especie de análisis cultural al ver diversos fenómenos frecuentes que suceden en los centros vacacionales. Ya que  lo loco es la actitud cultural que uno encuentra en las vacaciones en relación a ingestas desmesuradas y cuerpos que tienen un impacto de doble cara. Dentro del tema de la oferta de alimentos, un buen ejemplo es que muchos de los lugares de comida que encontramos tenía poco o nada en oferta saludables, pero si abundaban los fritos con altos contenidos grasos, que dicho sea de paso ni a gordxs, ni a flacxs hace bien.  Los pocos platos saludables eran insustanciales. Uno de mis amigos eligió una ensalada y con suerte era un plato de postre miserable, con lechuga sin madurar cuasi verde y unos pedazos inexistentes de remolacha. Claramente acceder a esta opción era muchísimo más caro que una minuta al paso como un sanguche de mila con fritas.
Por un lado, podemos preguntarnos por qué se mantiene una cultura de la dieta de octubre a diciembre y un desbarranco alimenticio a partir de las fiestas y principalmente en las vacaciones. Puesto que podemos dar por hecho que  la cultura alimenticia que tenemos los argentinos deja mucho que desear.  La especulación que surge no solo en restos sino también en los comercios o almacenes era increíble. Otro indicio es que el kilo de manzana o bananas salía un 50% más que en la CABA y significaba un 30% más respecto del aumento general que había en los precios del lugar.
Y por ultimo no olvidemos al churrero que pasaba una vez cada cinco minutos o a los puestos de choclos que dentro de todo era lo “más saludable” de la oferta.
Se puede realmente optar por hábitos saludables en las vacaciones y hablo exclusivamente yendo a la costa argentina. O es todo parte de un flujo del mercado del consumo que nos obliga a entrar en la bikini xxs y a la vez comernos una docena de churros.
En lo particular puedo sentir la violencia sobre mi cuerpo, sobre las directivas sociales y culturales que obran sobre él. Que le imponen modelos imposibles pero que a la vez nos muestran lo que sería  la “decadencia”  porque vemos cuerpos reales en la playa, cuerpos no normalizados por la policía de los cuerpos.  Pero a la vez encontramos refuerzos sobre estos estereotipos: las promotoras mega delgadas ofreciéndonos bebidas llenas de azúcar, los alimentos altos en contenidos graso, la escasa posibilidad de acceder a alimentos más saludables por sus altos precios.  No obstante, quiero señalar que lo más importante en esto que señalo es que no hay ni una impronta cultural, ni política por comer saludablemente.
Donde el imperativo que se deja traslucir es todxs los cuerpos deben ser hermosos frente a este ideal de mercado, más allá de los límites corporales, los hábitos alimenticios saludables o la salud psíquica de los consumidores.

Para la próxima sigo con el siguiente apartado.