La herencia del atracón
Seguimos a toda máquina, me
gustaría que pensemos un poco sobre las herencias históricas en nuestras mesas.
Por ejemplo en mi caso tengo a mis abuelos maternos que son gallegos, unos
tiernos y unos geniales para muchísimas cosas. Las circunstancias de la vida
capitalista hicieron que mi madre se tuviera que conseguir al menos dos
trabajos para poder mantener la casa, y con el rol desdibujado de mi padre en
cuanto a la administración y economía del hogar surgió la necesidad de que mi
abuela nos cuidara.
Entonces como podemos describir
los hábitos alimenticios de dos personas que habían escapado de la hambruna en
la cruel España franquista, no fueron los más ortodoxos y respondían a los
estudios nutricionales de época. Me crie en la sobreabundancia de comida, tanto
de opciones saludables como de otras que no lo eran tanto. Por sobre todas las cosas estaba la cuestión
de comer bien como sinónimo de comer mucho. Si bien había más opciones que en
mi casa, las opciones que me proporcionaban no tenían que ver con el cuidado
del cuerpo sino con no pasar hambre. El cuidado del comer simplemente se limitaba
a que haya para comer bien y esto significaba comer calórico y abundante.
A más de uno seguro le llamara la
atención que en las fiestas en las casa de inmigrantes españoles, italianos,
etc. Se come como si fuera el último día en la tierra. Por supuesto abundan en
la semana del 20 de diciembre las propagandas que por un lado hablan de los
riegos de ingestas excesivas y por el otro pasan los precios con aumentos, de
cada año, de los productos a engullir. Pero en la mesa navideña se juega esa cosa del
exceso, la exuberancia con los platos atípicos en la cotidianeidad y una
especie de libación.
Lo loco es que si bien regía y
rige esta cosa por comer desmesuradamente en lo de mis abuelos, también está
muy mal visto el sobre peso. Mi abuela es una defensora del ideal imposible
pero a la vez ha llegado a obligar a que comamos en abundancia. Entonces en mi
adolescencia cuando empecé una serie de dietas para bajar de peso, me costó muchísimo
que mi abuela me ayudara a resignar su lógica del embuche. La comida ya para ese entonces se transformo
en una hoja de doble filo, por un lado era símbolo de festejo / recompensa y
por el otro era signo de estigma social. Durante muchos años me dio vergüenza comer
en público por mi condición física gorda e incluso en mi corta delgadez.
Dos mandatos se jugaron ahí uno
la cuestión heredada de mi familia comer bien, llenarse, atracarse y por el
otro el deber ser ese ideal corporal ajeno lánguido flaco hasta la muerte. En
la contradicción el atracón adquirió una especie de fundamento metafísico, como
mecanismo que cumplía junto al vomito los dos mandatos. Comía por deber a otros
y vomitaba por deber a otros. Años después
hago esto escribo sobre lo que vomite que fue una angustia total por no
comprender lo irracional de estos mandatos que a la vez se anidaban cultural y
socialmente en todos los estratos de mi vida. Estar flaco implica para esta
sociedad el acceso ilusorio a una suerte de derechos ganados por mantener la
boca cerrada pero a la vez nunca dejar de consumir.
¿Qué futuro nos queda si solo
podemos ser flacos?
No culpo a nadie, porque ser
gordx es mi elección y significa aceptar el cuerpo que tengo. Sin embargo me
parece absurdo obligar a un niño o un adolescente a que se “normalice” mediante
dietas y demás a fin de estar dentro de lo normal y lejos de la gordura tan patológica
como se nos la pinta. Especialmente que cuando no están dentro de la talla por
así decirlo, se los invisibiliza y excluye. Ahora nadie reflexiona sobre las
condiciones de vida familiar de estas personas. Condiciones donde quizás no
tienen acceso a lo “saludable” porque es muchísimo más caro y para ciertas
clases sociales. Tampoco tenemos programas
de educación alimentaria y de hábitos saludables. Pero como sociedad se exige
una belleza inmaculada sin un gramo de grasa, una virilidad extrema que
invisibiliza la violencia de género, un cuidado extremo de las mujeres que las
hace una y otra vez objetivarse.
No solo se ha incrementado la
persecución a los gordos mediante realitys y demás. Sino que se están por
implementar lógicas aun peores de exclusión contra los gordos. Mientras tanto
algunos soñamos porque se controle y amplié la ley de talles. Tengamos
educación sobre los hábitos y no normalización sobre los cuerpos.
Pero por más invisible que se la
haga, la grasa puede hablar y no solo habla de uno y su cuerpo sino que
vocifera sobre una sociedad que excluye, castiga y denigra a aquellos que no
elijen vestir un talle extra small.

